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230 años de fundación de la ciudad de Guatemala

Barrio El Gallito, zona 3

Mis memorias del Barrio “El Gallito

Los tricitaxis en el barrio El Gallito.

Ciudad de Guatemala, agosto de 2006/¿Cómo era antes el barrio El Gallito? Según cuentan algunas personas que tienen muchos años de vivir allí, en otros tiempos era posible ir a pasear hasta el barranco, y tomar leche al pie de la vaca en la 6ª. Av. y 12 calle de la zona 3, al fondo. Con el terremoto de 1976, ganado y cobertizo se perdieron en la hondonada.
Había un tanque público donde lavaban su ropa las vecinas, desde las 4 de la madrugada, sin miedo a nada.



Además, funcionaban varias academias de mecanografía colmadas de estudiantes a toda hora, y el colegio “Juana de Arco”, de donde egresaron futuros profesionales de todas las ramas.



Se podía observar en las calles a los chicos que regresaban de la escuela, y trabajadores que volvían tranquilamente a sus casas.



Muy temprano, salían de sus hogares hombres y mujeres que trabajaban en el Estado, el Hospital General, restaurantes, almacenes y fábricas, así como universitarios, en un entorno cordial que evocaba el ambiente que se vive en los pueblos.



Los domingos, las familias se dedicaban a sus actividades religiosas, deportivas o sociales. Los chicos jugaban en las calles y a veces se aparecía un charamilero, que decía que llegaba a recoger la basura, pero la botaba a la vuelta de las casas.



El mercado era un lugar de encuentro para las mujeres del barrio, que llegaban a comprar verduras de buena calidad y productos de primera necesidad a precios bajos, igual que en las ventas instaladas en los alrededores.



Nuestra casa en El Gallito me trae a la memoria muchas experiencias, positivas y negativas. Entre las agradables, cuando en la década de 1970 salir a caminar por el barrio era un verdadero paseo, así como bajar hasta barranco y tomar leche al pie de la vaca, pasar por las panaderías, ver a los chicos jugando en las calles.



La salida del colegio “Juana de Arco” era emocionante por los encuentros con los amigos, pero luego había que apurarse para llegar a tiempo a la academia de Mecanografía.



Recuerdo que cuando mi mamá necesitaba un albañil, sólo salíamos a caminar y por recomendaciones lo encontrábamos. Había casas de artesanos, zapateros, costureras, ventas de comida, pintores de mantas, fábrica de muebles, tejedores de telares típicos, tiendas.



En 1976 el terremoto marcó nuestras vidas, no sólo por todas las personas que murieron sino también por la cantidad de casas derrumbadas. Pero también porque en nuestra cuadra, a causa de las lluvias, se abrieron unos grandes agujeros que conducían hacia unos túneles de ladrillo y que posiblemente eran antiguos desagües.



Estos túneles llegaban hasta la Avenida del Cementerio, donde hoy es el Centro de Educación Especial “Alida España”, y se sabía que algunos muchachos se metían allí con candelas y llegaban hasta el fondo, donde según decían había una laguna, debajo de donde se levanta ese edificio.



Es duro recordar el momento en que el sector comenzó, hace más de 10 años, la distribución de drogas, que utilizó como principal vía de ingreso la 13 calle “B”, que llega hasta el final del barrio El Gallito.



Desde entonces tuvimos que soportar la presencia de los narcotraficantes, quienes se agrupaban en las esquinas y a la vista de todo el mundo vendían a transeúntes y conductores que se acercaban al lugar.



Ocupaban la calle, vendían y almacenaban, y nosotros, los residentes honrados de El Gallito, debíamos sufrir este atropello. Al principio, de vez en cuando, se escuchaban algunos disparos y todos nos asustábamos muchísimo. Sin embargo, poco a poco las balaceras comenzaron a prolongarse 10 minutos o más, y se fueron convirtiendo en verdaderas batallas campales de una o dos horas de duración.



Mientras tanto, toda la gente trabajadora, artesanos, profesionales, estudiantes, niños, adolescentes, ancianos, tuvimos que comenzar a padecer este calvario y encerrarnos en las casas, con el constante temor de ser víctimas de una bala perdida.



El simple hecho de salir a comprar las tortillas se convirtió en un riesgo para nuestros hijos, pues los narcotraficantes los abordaban para ofrecerles drogas.



Por su parte, algunos agentes de la Policía, para aparentar que controlaban la situación, detenían a los transeúntes y registraban a los estudiantes, aunque tenían a la vista a los distribuidores, pero a ellos no los molestaban. En esto se fue convirtiendo el barrio El Gallito.



Los vecinos empezamos a tomar medidas extremas. Restringimos las salidas a lo indispensable, tratamos de llegar temprano a casa, y nos hemos tenido que olvidar de conciertos, obras de teatro o cualquier otra actividad nocturna, para no correr el riesgo de resultar abatidos en una balacera. Una de las últimas duró tres horas.



Sin embargo, hay situaciones que escapan a nuestras precauciones. Para cualquier padre o madre que viva en este barrio es una pesadilla esperar a que sus hijos regresen de la universidad, muchas veces bien entrada la noche. Algunos tienen que caminar hasta 10 ó 15 cuadras para llegar a su casa, y están expuestos a ser asaltados o sorprendidos en medio de un tiroteo entre bandas rivales.



Todos estos años de constante zozobra han representado un enorme desgaste físico y mental para las personas decentes de este barrio, con el agravante de que el simple hecho de decir que uno vive allí, se ha convertido en un desprestigio, ya que El Gallito se identifica, de manera casi automática, con el tráfico de drogas.



Por esa razón muchas familias decidieron vender sus casas o alquilarlas, para irse a vivir en otra parte y recuperar sus vidas.



El impulso de estudiar y trabajar para salir adelante, que caracterizaba a las primeras personas que vinieron a vivir a este barrio, tan bien ubicado en el centro de la ciudad, ahora es prácticamente inimaginable. Causa consternación mirar hacia atrás y ver que aquellas generaciones de gente productiva, con espíritu emprendedor, que llegaron a El Gallito, se haya visto obligada a elegir entre someterse al temor o escapar.

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