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Fuentes, Monumentos y Calles
 

Nuestros Cantores: José Batres Montúfar

Por: Ramón A. Salazar Tiempo Viejo. Guatemala: Tipografía Nacional, 1957. p. 83-85
 

Ciudad de Guatemala, octubre de 2009/ Pepe Batres era a más de un poeta genial, un músico inspirado y un excelente matemático.

 

No lo conocí personalmente, pero sí traté a una persona que tuvo amistad íntima con él, y que fue su confidente.

 

Nadie ignora la historia desgraciada de los amores del poeta.  La naturaleza al dotarlo de un gran talento y de fecunda vena poética, fue ingrata con él, respecto de la parte física.
El hombre era feo, narigón, lampiño, y eso le hacía sufrir horriblemente, y contribuyó a darle un aire huraño y desconfiado.

 

Vivía, generalmente, encerrado y solo. Pepita García Granados fue su amiga, y aún algunos dicen que su musa gris; entre ambos compusieron el célebre sermón, para el canónigo Castilla, que como pieza pornográfica, llena de ingenio y sal, no tiene parecidas, sino en algunas del igual género, atribuidas a Espronceda.

 

Batres era un notable guitarrista y tenía por amigo a Francisco Garrido, a quien conocí ya viejo, y que era maestro en eso de rasguear el instrumento tan difícil.

 

Ambos pasaban veladas enteras; pulsando la guitarra y consolándose, el primero con la música, ese gran remedio, ese lenitivo de los inmensos dolores, ese supremo calmante de las batallas sordas que libran en nuestra alma las pasiones.

 

La persona a quien me he referido vivía en la misma casa del poeta, y ella me ha contado con lágrimas en los ojos, algunos de los secretos de aquella alma desgraciada.

 


Cuando se quedaba solo el infeliz, se echaba sobre su mesa de estudio, y de ese modo, inconsolable, daba rienda al llanto y a su pesar sin límites. Así permanecía horas enteras, tras las cuales tomaba la guitarra para hacerla gemir al compás de su dolor.

 


Fue entonces cuando compuso aquella canción tierna y sentida, a la que después le puso música, y que dice:

 

Aquí en mi pecho oculta está
Mi violenta pasión,
Mudo a tu vista callará
Temblando el corazón.

 

Jamás, jamas te pediré
Que calmes mi dolor,
Y silencioso yo sabré
Morir de tanto amor.

 

Eterno fuego arderá en mí
Con palidez mortal,
Oculta a todos y aun a ti
Cual llama sepulcral.

 

Destroza, hiere sin piedad
Duplica tu rigor;
Si puedes ver con frialdad,
A quien muere de amor.

 

Lejos de ti, pronto estaré,
Huye de mí, que yo,
Siempre por ti preguntaré,
Si eres feliz o no.

 

Amar, callar, vivir sin ti,
Vivir en el dolor,
Tal es mi suerte, Cora, sí,
Tal es mi triste amor.

 

Esta canción está traducida al inglés, y la he oído cantar en Nueva york lleno de emoción, recordando lejos de Guatemala, al poeta más admirado de mi tierra, y evocando también aquellos días de mi juventud en los que jamás oí esas querellas adoloridas, esas quejas sin consuelo, esos lamentos de una alma que perdió toda esperanza en la tierra, sin llorar, por el poeta y por mí mismo, desgraciado también, y todo por la mano negra del destino como la víctima de las pasiones durante mi juventud.

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