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Fuentes, calles y monumentos
 

Fray Bartolomé de las Casas

Reseña escrita por Ramón Salazar

Revista La Ilustración del Pacífico, Guatemala, 1 de abril de 1898. Año II, Número

 
 

Ciudad de Guatemala, febrero 2010/Frente al Colegio de Indígenas, que es un palacio que muchos potentados envidiarían para su habitación, se eleva otra obra del señor Mur: es la estatua de Bartolomé de las Casas, el dominico infatigable que consagró su vida a salvar del peso de las encomiendas y de la esclavitud a los indígenas de América.

 

El padre Las Casas venerado como un benefactor de la humanidad, era acreedor de los guatemaltecos de una obra que perpetuase en bronce su memoria. Después de Colón que tocó con su sagrada planta nuestras costas septentrionales, ninguna figura humana más colosal durante la conquista que el padre Las Casas y que haya vivido en Guatemala

 

Aquel monje turbulento que hizo viajes a Europa, que recorrió a pie desde la capital de México hasta Guatemala, que estuvo en Chiapas, en Nicaragua, en Lima, y en todas partes en donde se necesitaba su presencia para protestar contra las iniquidades de que eran víctimas los aborígenes, que escogió la tierra de Tezulutlán para ensayar su sistema de conquista por medio de la predicación evangélica y no por las armas, y la que inmortalizó en la historia con el nombre de la Vera Paz; historiador, polemista, terror de los encomenderos, cuyos años se cuentan por otras tantas hazañas evangélicas, y que murió en Madrid, en desempeño de una comisión que le había encomendado el Cabildo de Guatemala, es una figura histórica que casi nos pertenece, como si fuera guatemalteca.

 

Por eso fue que el Gobierno y el pueblo de Guatemala aceptamos complacidos el obsequio de la corona española establecida en el país, de la estatua del célebre apóstol.

 

Ese bronce representaba la protesta del siglo XIX contra las iniquidades de los siglos coloniales y colocada como se halla frente al instituto en donde se educan los indígenas, es mucho más significativo. Allí en aquellos niños de una raza desgraciada al filósofo que luchó por ellos, enfrentándose a sus conciudadanos, que llevó hasta las gradas del trono de Carlos V las quejas de una raza oprimida, sobre la que cernía el destino implacable que la iba a arrebatar los últimos destellos de sus tradiciones,  y a condenarla irremediablemente a la decadencia física e intelectual en que hoy la vemos sumida.

 

Plaqueta monumento. (Ampliar aquí).

El fraile está en pie: los contornos del cráneo revelan todo un pensador; y las mandíbulas movidas por músculos poderosos demuestran que pertenece a la raza de los batalladores. Lleva en una de las manos el libro de su fe, con el cual se propone regenerar al indio, y extiende la diestra protectora sobre el pobre Kaqchickel que desnudo y de rodillas busca amparo y refugio en brazos de su apóstol.

 

Hizo bien el artista en representar al indio por la figura de un niño. Ya habían pasado los días de la conquista en que sus padres lucharon como leones en crudas batallas en defensa de su territorio y de su libertad. Tecum Human, el último de los héroes de la conquista yacía en tierra muerto por mano del mismo Alvarado en la ladera de Santa María; los príncipes de la casa real habían sido quemados al pie de los muros de Cumarchá, y todo el país se hallaba sometido al conquistador que había hecho de los aborígenes esclavos para labrar su tierra, explotar sus minas y transportar sus mercaderías en hombres de uno a otro océano.

 

¿Qué consuelo ni qué esperanza cabía en aquellos desgraciados en los días tremendos que sucedieron a la invasión? Los más viriles hallaron la muerte en el combate, otros fueron a buscar en los bosques, entre las fieras más compasivas que el conquistador; y el resto la encontró en el laboreo de las minas como en las de Quito a donde se transportó en masa a multitud de indios que murieron de frío en las faldas de la cordillera.

 

Así se despobló Centro América y así se domó el orgullo bravío del indígena.

 
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