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Fuentes, calles y monumentos
 
 

Del homenaje municipal

Discurso de Arturo Valdes Oliva ante el monumento de Irisarri

El Imparcial, 14 de junio de 1968.  p. 3y 19

 
Municipalidad de Guatemala

Ciudad de Guatemala, mayo de 2010/La Comisión Municipal Extraordinaria Pro-Galería de Hombres Ilustres ve con profunda satisfacción que el Honorable Concejo, en este acto, exalte en homenaje que será permanente la memoria del por mil títulos ilustre guatemalteco don Antonio José de Irisarri, varón de quien diríase que ha sido injustamente olvidado durante una centuria, y cuyo sólo nombre constituye un timbre de orgullo para los guatemaltecos.

 

Por ese honor y por los altos merecimientos de Irisarri como polemista, filólogo gloria del idioma castellano, como hábil diplomático que sirvió a la patria con esa santa devoción dictada por la limpidez de su alma, como militar distinguido en las lides en que se luchaba por la libertad de América, y por todo lo grande que de él hemos logrado saber hasta hoy, fue que la Comisión Extraordinaria Pro-Galería de Hombres Ilustres en su sesión del 2 de agosto de 1966 acordó declarar como digno de figurar en la galería de personas ilustres que instalará la municipalidad, a don Antonio José de Irisarri, “sin perjuicio –dice la declaración– de que el Honorable Concejo enaltezca en cualquier forma a tan perínclito varón”.

 

Para dictar tal acuerdo, en el seno de nuestra entidad fue estudiada con abundante interés y buen deseo cuando estuvo al alcance sobre la vida y obra del señor Irisarri, desde el día en que viniera al mundo en la recién fundada Guatemala de la Asunción, año de 1776, hasta la fecha de su sentido fallecimiento en Brooklyn, Estados Unidos, el 10 de junio de 1868. Vida luminosa y extraordinaria fue la del preclaro ciudadano en sus diferentes y brillantes aspectos. Nunca supimos de un hombre que con tanta decisión enfrentara y resolviera los más complicados problemas manteniendo siempre en alto la pureza de su civismo y ese afán tan notorio en sus actos de hacer el bien por el bien mismo.

 

Por todas esas virtudes suyas al conocer el estudio de la vida y obra de don Antonio José de Irisarri y del dictamen redactado pro la Subcomisión nombrada para el efecto, la que estuvo integrada por el historiador Enrique del Cid Fernández, el licenciado Ernesto Viteri Bertrand y el periodista Rigoberto Bran Azmitia, pudimos enterarnos de que se trataba de un varón de vida extraordinaria por su capacidad creadora, por ese permanente anhelo suyo de servir en el conglomerado en que vivía, por sus luchas y esfuerzos en pro de la consolidación de la independencia en los pueblos de América, por su grandeza en las horas de prueba cuando debido a la incomprensión e ingratitud de los hombres, llegó a sufrir prisiones y también supo los rigores del ostracismo.

 

Y es tanto y tanto lo que hallamos de inmenso en la vida y obra del señor Irisarri que nos sentíamos confundidos, no atinábamos a comprender cómo a un varón de tan brillantes méritos, singulares virtudes y grandezas se le hubiese mantenido en el olvido. Sin embargo, ha terminado ya la hora prolongada de ese olvido y el desconocimiento del insigne patriota americano. Llegó algo tardíamente la hora de las reparaciones, pero por fin llegó el día en que Guatemala acogiera maternalmente en su tierra los restos venerados del hijo que se ausentara una y otra vez porque tal fue su destino.

 

Municipalidad de Guatemala
Irisarri fue un prócer para la independencia de Chile.

Viajó a los países del sur de nuestra América en la época grandiosa en que los relámpagos de la libertad sugerían a los pueblos luchar por su emancipación; y fue entonces cuando don Antonio José de Irisarri colaboró estrechamente con los patriotas chilenos en las heroicas jornadas de independencia. Su recia personalidad se impuso siempre, no sólo en los días de meditaciones y planeamientos de lo que estaba por hacerse sino en las horas decisivas, cuando los pueblos de la América del Sur derramaban su sangre para alcanzar la libertad.

 

En esos empeños tuvo una actuación importantísimo el señor Irisarri en el año de 1814; como regidor del ayuntamiento de Santiago explicó en el cabildo el 7 de marzo, convocado por él, la situación apremiante en la ciudad que aparecía indefensa al ataque de las fuerzas españolas. Y con la rebeldía de su espíritu sugirió en la junta de varones representativos el inaplazable nombramiento de una persona capaz de organizar la necesaria y urgente defensa, proponiendo a la vez para ese cargo directriz al coronel Francisco de Lastra que en esa época era gobernador de Valparaíso y a quien debería llamarse con urgencia. La palabra convincente de Irisarri, que era la voz del patriotismo se impuso en aquellos instantes de angustia e incertidumbre, y se aprobó su proposición porque era la medida más grande y oportuna que en aquel 7 de marzo de 1814 dictaban los habitantes de Santiago de Chile para disponer la defensa de la ciudad y coordinar las actividades de los ejércitos que luchaban por libertad. Así lo expresa el acta suscrita ese día.

 

Y así, con el título de Director del Estado, don Antonio José de Irisarri fue lo que en nuestros tiempos distinguimos con el nombre de Presidente de la República. Desde aquel momento entró en la historia del heroico Chile. Su mandato interino duró solamente 7 días al entregar el mando a don Manuel Blanco Encalada. Refiriéndose al interinato de Irisarri en la Dirección Suprema, dice Encina en la su Historia de Chile:

 

“Durante los 7 días de su gobierno, Irisarri desplegó más actividad y eficiencia que sus antecesores y sucesores en meses. Concentró en San Fernando todos los destacamentos que habían quedado aislados entre Curicó y Santiago e hizo brotar por arte de magia armas y municiones, víveres y caballos” y agrega el propio historiados Encina “Por desgracia tan acertadas medidas se anularon con la entrega del mando de ellas a don Manuel Blanco Encalada, joven marino de 24 años, ayuno en aquellos momentos de todo conocimiento militar”. “Cuando don José de Lastra tomó el poder, solicitó a las corporaciones la designación de tres ministros o secretarios. Fueron ellos el licenciado don José María Villagrán, de gobierno; el sargento mayor Nicolás Ojera, de guerra; y el doctor Juan José Echeverría de hacienda. A petición del mismo Lastra, Irisarri fue nombrado gobernador intendente de Santiago.

 

Si narráramos los periodos siguientes a la guerra de Chile por la independencia, veríamos que el señor Irisarri fue figura principal en muchos de los sucesos que forjaron la república, afrontando con grandeza de alma las alternativas que imponen a los patriotas ya sea la ventura o la adversidad. Fue él de los hombres que se entregaron con entusiasmo a la causa de la libertad.

 

 

Y si en Chile don Antonio José tuvo un eficiente y patricio desempeño por la suerte de América, también en el ramo militar y diplomático prestó importantes servicios a su tierra nativa a partir del año de 1827 cuando se le llamó para desempeñar en una hora decisiva el cargo de comandante general de las Armas de Guatemala. Esto fue en la época aciaga en que la Federación Centroamericana iba derechamente a su desintegración por la guerra civil que desgarraba a los pueblos y abatía rigurosamente su pobre economía. Irisarri, en el azaroso medio guatemalteco de aquella época turbulenta, fue el ciudadano que aún en las circunstancias más difíciles siempre luchó sin desaliento; y así, con la entereza de su carácter se le vio en un día del año de 1830 tomar el camino del destierro cuando por los adversos sucesos militares se impuso en el país un régimen de violencias y de atropellos contra los más conspicuos varones.

 

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Irisarri, diplomático sagaz dúctil en la apariencia, pero tenaz y pugnaz en el fondo.

Volvió a Chile. Allí se hallaba; y conforme las palabras escritas por su esposa, doña Mercedes Trucios de Irisarri, “…luego que el Gobierno de Guatemala requirió de nuevo sus servicios en 1850 se constituyó en los Estados Unidos, donde sirvió la Legación de esa República durante diez y siete años con toda inteligencia y celo de que era capaz. En ese puesto murió”. Al referirse a este aspecto de la vida del señor Irisarri, dice el licenciado David Vela que era “un diplomático sagaz dúctil en la apariencia, pero tenaz y aun pugnaz en el fondo”.


¿Qué nos queda por decir de don Antonio José de Irisarri? Mucho, indudablemente mucho. Creemos saber lo suficiente de su vida y de su obra benemérita, pero la verdad es que en nuestro país apenas vamos empezando a conocerlas. Todavía nos parecen distantes de nuestro exacto conocimiento muchas de las actuaciones de ese varón ilustre cuyo nombre palpita en la historia de Chile y en la de Guatemala con impulsos de gloria. Para conocerlo más, mucho más, sería necesario de un firme y prolongado apoyo a nuestros investigadores. Sólo así sería posible escribir en Guatemala un libro de historia cuyo justo título podría ser “Vida y obra del prócer de América don Antonio José de Irisarri”.

 
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