Atención, abrir en una nueva ventana. PDFImprimirE-mail

Fuentes, calles y monumentos

Panadería “Las Victorias”

El Liberal Progresista,

Panadaeria "Las Victorias", 1930.

Ciudad de Guatemala, septiembre de 2011/Entre los muchos defectos que tenemos los chapines sobresalen dos: el menospreciar lo nuestro y el de protestar porque todo esté en manos extranjeras. Hablad con cualquiera de nuestros paisanos de lo bueno de algún artículo guatemalteco y en el acto os pondrá el pero. Presentádselo con nombre extraño y luego os dirá que es excelente.

 

Tal ocurre, por ejemplo, con las medias, las telas de lana o de algodón, los confites, los jabones, etcétera, etcétera, a los que hay que poner etiquetas extranjeras para que sean aceptados y no hay razón para usar tal procedimiento porque muchos de los productos fabricados en el país son tan buenos si no mejores que los importados.


En lo que si hay razón, para protestar, es en que la mayoría de las industrias, estén en manos de extraños; pero esto es natural consecuencia de nuestra apatía y de la misma censura que empleamos para con nosotros mismos.

 

Esto no obstante, hay casos en que no queda más remedio que rendirse a la evidencia y confesar la bondad de una cosa, por más que sea guatemalteca.

 

Tal ocurre, por ejemplo, con los productos de la panadería “Las Victorias”, propiedad del caballero don Juan Hernández, a la que acabamos de hacer una visita minuciosa, tanto para apreciar su organización como para darla a conocer a nuestros lectores, a fin de que los que consumen sus artículos, sepan cómo se elaboran y los que no, se hagan clientes de ella con lo que ganarían en salud y en satisfacción y además para hacer una obra de justicia, al poner de relieve la labor de un ciudadano guatemalteco, como el señor Hernández.

 

Con esta intención nos encaminamos una de estas tardes, a los talleres que en la 5ª avenida sur, frente a La Concordia, tiene establecido dicho señor, y detalladamente vamos a exponer a nuestros lectores, lo que oímos y lo que vimos en ellos.

 

Don Juan es nuestro antiguo conocido y seguro de su bondad y fino trato no tememos abordarlo en su oficina, haciéndole saber nuestros deseos.

 

A lo que accedió y nos contó lo siguiente: en el año de 1894, comencé a trabajar, con una pequeña panadería, en diferentes locales, con los mismos sistemas de mis colegas pero, eso sí, procurando siempre por mejorar la calidad del pan, lo que me valió ir progresando y ahorrando algún dinero que invertía en el mejoramiento de mi negocio.

 

En mi esposa y mis hijos, encontré excelentes colaboradores y en cuanto las circunstancias me lo permitieron, dispuse enviar a mis hijos a Estados Unidos, a estudiar en los mejores centros panificadores de Chicago. Mis hijos son: Andrés, el mayor, que es mi apoderado general y trabaja en la oficina; Faustino, Felipe y Guillermo, ingresaron al Siebeld Institute Technologie y al American Institute School Baking, de donde salieron diplomados. Guillermo acaba de regresar y es en la actualidad, jefe de los talleres que ocupan este edificio.

 

Felipe atiende la sucursal que tenemos establecida en la 9ª avenida sur y Faustino maneja la panadería que con gran éxito y gran satisfacción del público tenemos establecida en San Salvador, hace siete años, en sociedad con el culto caballero don Federico Soyer, exgerente del South American Bank y muy apreciado entre nosotros.

 

Con los conocimientos adquiridos por mis hijos en aquella gran nación y con seis viajes que yo he hecho a Chicago y California, hemos procurado por el mejoramiento del negocio importando la maquinaria y los elementos que nos son necesarios para nuestra industria según podrán apreciarlo si tienen la bondad de penetrar al interior de los talleres, en donde les iré mostrando el mecanismo de las máquinas y las diferentes operaciones que se practican para la confección de pan, las galletas y los cakes.

 

Encantados de la invitación, seguimos a don Juan, quien empujando una mampara, que comunica la oficina con una habitación perfectamente antiséptica, nos muestra una refrigeradora automática, en donde se conserva la levadura Fleischmann, la única que usan en sus elaboraciones.

 

Antes, nos dice don Juan, la traíamos nosotros directamente con gran trabajo y costo, pero desde que la fábrica estableció aquí una agencia, la obtenemos en la plaza pero ni un solo momento la descuidamos por ser muy delicada y por eso la conservamos en la refrigeradora.

 

Continúa...

Lecturas: 6274